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Crónica Maratón de Barcelona (por Yolanda)

martes, 21 de marzo de 2017



La 39ª edición de este maratón conmemoraba los 25 años de los Juegos Olímpicos de Barcelona 92, por lo que yo, que soy ferviente seguidora del espíritu olímpico y de los valores que lo conforman (“tanto en la vida como en el deporte”, como decía un antiguo anuncio), iba especialmente motivada por participar y hacerlo todo lo bien que pudiera. Pero, por otro lado, también sabía que la ilusión por participar no iba a ser suficiente para que bajara de las 4 horas en maratón por primera vez en mi vida y, siendo realista y valorando mis entrenamientos (“corta” de kilómetros y a un ritmo “excesivamente cómodo”), mi mejor pronóstico era acercarme a las 4h 5’ -pero que incluso eso lo veía difícil, por lo que el día antes a la carrera hubiera firmado hacerme un 4h10’.

Sin embargo, no sé qué pasó en el interior de mi cabeza en el momento del cajón de salida, quizá fuera efecto de escuchar varias veces la emotiva canción de “Barcelona” con Mercury y Caballé -ya que, al ser esta canción la oficial en este maratón para cruzar la línea de salida, pues yo, además de escucharla en el momento de mi salida, ya la escuché desde mi cajón en las tres salidas previas que hubo (había cinco salidas en total). O quizá fuera efecto de la impresionante lluvia de papelitos de colores que lanzan sobre los corredores al cruzar el arco de salida y que ves revoloteando a tu alrededor durante casi dos kilómetros, pero el caso es que mi “inseguridad” ante mi rendimiento se transformó en ganas de arriesgar y darlo todo para intentar el sub-4 horas ahí mismo y me transformé en “Yolímpica”. Así que desde ese mismo momento de pasar la línea fui a bajar de las cuatro horas, que quizá era un poco locura por mis ritmos entrenando y mi experiencia en mis maratones previos, pero pensé que sería muy bonito conseguir ese pequeño reto personal en esa edición con aire a juegos olímpicos y salí a arriesgar.

Este es el maratón en el que menos he mirado el reloj, pero las primeras veces que lo miraba, normalmente en kilómetros “redondos” (el 5, el 10…), mi media de carrera indicaba 5’29” por km., vamos, más rápido de los 5’40” necesarios para bajar de 4 horas. Pero seguí al mismo ritmo porque imaginaba que los últimos 10 kilómetros del maratón, con los más que probables dolores musculares, perdería tiempo, así que como necesitaba margen y ahí lo podía obtener, pues, hala, a continuar a ese ritmo.

Durante algunos puntos en esos kilómetros previos a la media maratón y en alguno posterior recibía los enérgicos ánimos de Marina (la novia de Pedro, un compi de club), que me pegaba unos buenos gritos que me hacían muchísima ilusión. E incluso sacó tiempo, no sé cómo, para correr a mi lado algún kilómetro. Además, siempre que la veía me daba información también de cómo iba Fer, mi marido y, claro, toda esa atención que Marina nos dedicaba a nosotros le hacía más compleja a ella la labor de seguimiento a Pedro, por lo que literalmente se recorrió Barcelona corriendo de unos puntos a otros siguiendo milimétricamente su planificación previa para que le fuera posible llegar a todos lados en el momento exacto. No sé cómo pudo compaginarlo todo, pero lo hizo. (Mil gracias por esa ayuda a pesar de conocernos poquito, porque tus gestos ese día supusieron muchísimo). También Isa, otra compi del club, me vio y me gritó en un par de ocasiones, lo que también se agradece y es de utilidad, por supuesto.

Respecto a los avituallamientos en carrera, comentar que eran perfectos y cada 2,5 kilómetros desde el 5 de carrera. Tanta frecuencia me ayudaba porque me hacía más amena la carrera al tener que estar muchas veces pendiente de ellos con todo lo que suponen (coger agua, Powerade o algo de fruta, no resbalar en las partes mojadas ni con otras botellas, vasos o peladuras de plátano, esquivar los cruces peligrosos de algunos participantes…) y, por tanto, en esos tramos, me olvidaba completamente de la sensación de cansancio o dolores -algo especialmente útil a partir del kilómetro 30. Además de los abundantes y frecuentes avituallamientos, también obtiene muy buena nota en este maratón la cantidad de público en las calles, con zonas abarrotadas que te llevaban en volandas y te ponían la piel de gallina.

Bueno, el maratón continúa y los kilómetros van pasando. Yo sigo mi carrera algo más rápido de lo que hubiese sido lo sensato, pero de momento me siento bien y voy disfrutando aunque muy concentrada en hacerlo bien (tanto que ni me di cuenta del paso por monumentos significativos de la ciudad, por ejemplo, ni vi la Sagrada Familia en carrera). Bueno, al menos sí disfruté más adelante el paso que se hace bajo el Arco del Triunfo, que me pareció una zona preciosa que desconocía y que cargaba pilas antes de dirigirse a los momentos clave de la carrera.

Mi ritmo medio total hasta el 31 era de 5’31”/km y ahí aún no tengo grandes dolores, aunque desde ese momento mis gemelos y sóleos ya comienzan a protestar y voy cambiando a ratitos mi estilo de correr para ver si consigo que la cosa no se agrave y lleguen a meta a un ritmo razonable. Así que desde ahí toca probar qué pasa si llevo talones al trasero, si hago “skipping”, si corro más o menos de puntillas, si apoyo más la parte interna o externa de los pies, si disminuyo o agrando la zancada… Y todo eso para intentar dar descanso, aunque sea algunos segundos, a algún músculo de los que se empiezan a quejar. Un poquito más adelante, cerca del kilómetro 36, paso junto a la playa, algo que suena estupendamente y, claro, que “mola” mucho por las bonitas vistas, pero que a esas alturas lo que provoca es más unas ganas locas de desviarte del recorrido e irte a meter un ratito las piernas en el mar. Sin embargo, lucho contra la tentación y sigo en el recorrido rumbo a la estatua de Colón. Parece que mis piernas siguen corriendo razonablemente bien, aunque voy perdiendo ritmo medio de carrera poco a poco. Sin embargo todavía confío en que si no empeoran bruscamente mis músculos la renta obtenida hasta el km. 30 sea suficiente para llegar antes de las 4 horas a meta.


Después de saludar a Colón ya queda la recta final, el temido Paralelo (la Av. del Paral·lel), que va desde antes del km. 40 al 42, en subida no exagerada pero sí constante, que a esas alturas se hace bastante duro. Lo bueno es que hay muchísimo público en toda esa avenida y, además, yo voy de “subidón” porque, aunque mi ritmo ha disminuido, puedo aún seguir corriendo decentemente y ya queda poco para meta. Mi media total de carrera hasta ahí sigue estando por debajo del 5’40” por km., así que lo voy dando todo para que no se me escape el objetivo de bajar de las 4 horas. Pienso que quizá no me vea en otra igual, tan cerquita y con la marca objetivo siendo posible, así que no quiero desaprovechar la ocasión por nada del mundo y tirar por la borda el esfuerzo de los 40 kilómetros anteriores. Y, sinceramente, también me ayudan mucho a esforzarme las muchísimas ganas de ir al baño (que llevaban ya muchos kilómetros acompañándome). Vi varias cabinas, pero no pude parar en ellas porque en todas las que vi había alguien esperando fuera y pararme a esperar turno hubiera supuesto perder demasiado tiempo y, por tanto, el fin de mi sueño, así que tocaba resistir hasta meta.

Y por fin llego a la plaza de España y diviso las dos torres con Montjuic al fondo. Es la recta a meta, quedan 195 metros. Miro el reloj y veo que mi “sueño” es una realidad, así que disfruto esa recta a tope y levanto los brazos felicísima para pasar la meta y que las fotos y vídeos de llegada reflejen mi alegría.

Y, claro, como yo consideraba que había hecho un “marcón” inesperado para mí horas antes, pues estaba deseando contárselo a Fer (que iba a flipar). Pero la que flipé fui yo también porque él bajó de 3h30’, un “exitazo” y su récord personal por bastante, así que los dos estábamos en una nube. Desde luego ambos tendremos un gran recuerdo de nuestro primer maratón en la “Ciudad Condal”.


Por último, me gustaría cerrar la crónica comentando el increíble mérito de la gente que participa en la maratón, en esta o en otras, con serias dificultades físicas (yo pasé en esta maratón, por ejemplo, a un chico con una pierna amputada, sin pierna ortopédica en ella, y avanzando gracias a dos muletas) y también a todos/as los que acompañan y empujan sillas de ruedas de personas con discapacidades graves y que, en muchos casos, lo hacen para reclamar ayudas a la investigación de enfermedades poco frecuentes (por ejemplo, el caso de la ataxia telangiectasia, con tres chicos afectados participando y sus familiares o amigos poniendo su esfuerzo para hacerlo posible -enfermedad que conocimos un poquito más porque todos ellos estaban alojados en nuestro hotel- y tenían allí un stand informativo). Toda esta gente que no se rinde son ejemplos para todos los demás.
 

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